Molesta, entorpece la pisada y languidece la huella por el dolor que causa.

No sabes cómo pudo llegar hasta ahí si sólo anduviste por caminos llanos y asfaltados.

Caminas unos metros más y mueves tu pie de un lado a otro, de delante hacia atrás, a ver, si, por casualidad sale sola.

Comienza a dañar demasiado y decides pararte, desabrocharte el calzado y deshacerte de la enemiga.

Prosigues con tu viaje y lejos de sentir alivio, comienzas a echar de menos esa extraña que se clavaba en la planta del pie ya malherido.

¿Por qué?

Una piedra en el zapato es lo más parecido a una contrariedad en tu vida.

Y es que te dijeron que no tienes vida si en ella no hay un problema, una queja, una molestia o cualquier otra circunstancia que te haga saber que estás vivo/a.

Porque te enseñaron que vivir era sufrir y soportar una eterna molestia.

Porque el dolor siempre ha de acompañar a la felicidad y porque tus miedos se acrecientan cuanto más te acercas a ella.

Necesitas de una piedra en tu zapato porque así te lo dijeron.

He perdido la cuenta de las veces que he tenido que sentarme en el camino para continuar descalza, con tacones en mano, porque si algo tengo claro es que no necesito piedras que me recuerden que respiro.
Porque lo que me hicieron creer no es lo que yo creo, ni lo que vivo.

Y ahora, todas esas piedrecillas zigzaguean dejando la estela de mis pasos, que son observados de cerca por quienes aún no se creen que han vivido en un engaño.

¿Quieres más piedras en tu zapato? ¡DESPIERTA!